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Sin previo aviso. [Liana de Cornualles]
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Sin previo aviso. [Liana de Cornualles]
Tras los hechos acontecidos la última vez que vi a Liana, confieso que, si que tenía razón la mujer acerca de que yo era como otro de los hombres que andaban por ahí. Después de todo era un borracho, egoísta, celoso, orgulloso y varias cosas más que omitiré por miedo a que lo lea el obispo y me eche a sus perros cristianos. Curiosa imagen la de un can ataviado con hábito y cruz… no era la imagen que solía tener del cura. En fin, que me pierdo por el camino de mis divagaciones… Volviendo al tema de Liana, sí, últimamente todos los caminos me llevaban a ella. Tras pasar encerrado en mi choza no sé cuantos días sin ofrecer mis servicios si quiera a la mismísima y caprichosa lechuga, estuve estudiando la misteriosa nota que la mujer dejó clavada en mi puerta. Lo que estudié a conciencia fue la mezcla usada para la tinta y los olores que desprendía el pergamino en el que estaba escrito. Esto consiguió abstraerme por completo en mis estudios sobre la nigromancia, ya que si habían visto a la señorita curiosear del cementerio también me estaban poniendo a mí en peligro y eso no lo iba a consentir.
Aparte de la tinta también me percaté del detalle de la caligrafía, tenía que ser alguien bien educado para escribir de tal manera y por supuesto debía der ser cristiano a más no poder después de leer aquello acerca de los pecados. Como si no tuviera bastante con bandidos hechizados como para tener que preocuparme también por un cristiano chiflado… Si ya decía yo que esta religión cristiana los volvería a todos locos, ¿qué se podía esperar de un carpintero qué no ha follado en su vida? Nada bueno desde luego, putas, maricones, piedras, palos y la muerte, vaya un destino para el hijo de un dios, menudo padre. Pero por mucho que indagué en el tema no conseguí nada y fue tal mi frustración que para desahogarme tuve que hacer una visita a la molinera, a la cual no iba a ver desde hacía un largo tiempo. ¿Confesión? Quizás, no niego que también tengo mis momentos de debilidad con las féminas y no lograba alcanzar a saber cuan puritana o zorrona podía ser la molinera, yo solo me limitaba a ceder a sus cariños cuando iba a verla y nada más, no hacíamos preguntas y no nos interesábamos por la vida del otro, pero había cierto cariño y un trato sumamente cordial.
El tema de la nota y la desaparición de mi aprendiz me habían puesto de un humor de perros, seguramente tanto como a ella mi humor y mi carácter la noche anterior. Pero bueno, a mí me duró varios días, varios días en los que no la cité para seguir con las prácticas y en los que tuve más de un altercado con ciertos tipos en la posada y el mercado. El resultado fue que no tardaría en empezar en hacerme un collar de dientes ajenos y una bonita brecha sobre la ceja izquierda que aun no terminaba de cicatrizar. Vale, puede que fuera culpa mía que empezara la pelea, pero pueden dar gracias a que no acabé usando la magia después del golpe. Como ya suponía que pasaría los espías continuaron pasándose cerca de mi casa, pero no hice nada, dejando claro así que mi amenaza no había sido más que fruto del mal humor del que disponía aquella última noche. Lástima de lo ocurrido, había cerrado todas las puertas a lo que pudiera ocurrir con mi hermosa aprendiz, pero bueno, así ambos podíamos asegurarnos un futuro lejos del otro y una vida un poco más larga sin correr peligro de muerte por el otro.
Pero aun me quedaba un asunto que atender y es por eso que echándole más huevos de los que realmente tenía para enfrentarme aquella situación, me vestí con mis mejores galas, de las cuales dispongo pero no suelo usar y puse rumbo hacia la residencia de los señores de Cornualles. Lo que estaba a punto de hacer suponía quizás una victoria silenciosa para la señorita de ojos azules, pero no podía mantener mi orgullo en alto mientras se desencadenaban hechos que no me afectaban directamente, pero que acabarían salpicándome si no cuidaba mis pasos. Tomando una gran bocanada de aire me planté frente a la puerta de la casona y me dispuse a llamar - Es la primera vez en muchos años, que siento miedo... Me siento como una mosca posándose sobre la tela de la araña. – Dije en un murmullo para luego llamar a la puerta despacio y esperar a que me abriera una de las doncellas de su señora. Había cuidado al detalle mi aspecto y me había vestido de la forma más pulcra posible, lo único que no pude arreglar era la herida de la ceja, pero supongo que son detalles que no se pueden esconder. – Soy Krassier, el boticario, vengo para hablar con vuestra señora si es que se encuentra en estos momentos y desea recibirme. – Contesté cuando la joven me preguntó que deseaba.
“Y las puertas se abrieron para el brujo, cuya presencia parecía manchar la pulcritud del lugar y su magnificencia… “Pensé mientras me adentraba despacio procurando no hacer demasiado ruido al caminar y manteniendo las manos unidas tras de mí en un gesto que me daba más aire de caballero del que en realidad tenía. Puede que fuera cierto que fuera como el resto de hombres, vale, sí, quizás lo fuera, yo no pensaba tal cosa y eso era lo que contaba, pero Liana tenía razón y en aquellos momentos me había comportado como cualquier otro, pero no se lo diría... Nunca... - Tenéis razón, soy como cualquier otro hombre. – Acabé diciendo cuando tras esperar por ella hizo acto de presencia demostrando que ni la magnificencia de la casa era capaz de hacerle sombra a su figura y talante. Aquella mujer acabaría siendo mi perdición. Con aquellas palabras esperaba haber dejado claras muchas cosas que no saldrían de mi boca.
Aparte de la tinta también me percaté del detalle de la caligrafía, tenía que ser alguien bien educado para escribir de tal manera y por supuesto debía der ser cristiano a más no poder después de leer aquello acerca de los pecados. Como si no tuviera bastante con bandidos hechizados como para tener que preocuparme también por un cristiano chiflado… Si ya decía yo que esta religión cristiana los volvería a todos locos, ¿qué se podía esperar de un carpintero qué no ha follado en su vida? Nada bueno desde luego, putas, maricones, piedras, palos y la muerte, vaya un destino para el hijo de un dios, menudo padre. Pero por mucho que indagué en el tema no conseguí nada y fue tal mi frustración que para desahogarme tuve que hacer una visita a la molinera, a la cual no iba a ver desde hacía un largo tiempo. ¿Confesión? Quizás, no niego que también tengo mis momentos de debilidad con las féminas y no lograba alcanzar a saber cuan puritana o zorrona podía ser la molinera, yo solo me limitaba a ceder a sus cariños cuando iba a verla y nada más, no hacíamos preguntas y no nos interesábamos por la vida del otro, pero había cierto cariño y un trato sumamente cordial.
El tema de la nota y la desaparición de mi aprendiz me habían puesto de un humor de perros, seguramente tanto como a ella mi humor y mi carácter la noche anterior. Pero bueno, a mí me duró varios días, varios días en los que no la cité para seguir con las prácticas y en los que tuve más de un altercado con ciertos tipos en la posada y el mercado. El resultado fue que no tardaría en empezar en hacerme un collar de dientes ajenos y una bonita brecha sobre la ceja izquierda que aun no terminaba de cicatrizar. Vale, puede que fuera culpa mía que empezara la pelea, pero pueden dar gracias a que no acabé usando la magia después del golpe. Como ya suponía que pasaría los espías continuaron pasándose cerca de mi casa, pero no hice nada, dejando claro así que mi amenaza no había sido más que fruto del mal humor del que disponía aquella última noche. Lástima de lo ocurrido, había cerrado todas las puertas a lo que pudiera ocurrir con mi hermosa aprendiz, pero bueno, así ambos podíamos asegurarnos un futuro lejos del otro y una vida un poco más larga sin correr peligro de muerte por el otro.
Pero aun me quedaba un asunto que atender y es por eso que echándole más huevos de los que realmente tenía para enfrentarme aquella situación, me vestí con mis mejores galas, de las cuales dispongo pero no suelo usar y puse rumbo hacia la residencia de los señores de Cornualles. Lo que estaba a punto de hacer suponía quizás una victoria silenciosa para la señorita de ojos azules, pero no podía mantener mi orgullo en alto mientras se desencadenaban hechos que no me afectaban directamente, pero que acabarían salpicándome si no cuidaba mis pasos. Tomando una gran bocanada de aire me planté frente a la puerta de la casona y me dispuse a llamar - Es la primera vez en muchos años, que siento miedo... Me siento como una mosca posándose sobre la tela de la araña. – Dije en un murmullo para luego llamar a la puerta despacio y esperar a que me abriera una de las doncellas de su señora. Había cuidado al detalle mi aspecto y me había vestido de la forma más pulcra posible, lo único que no pude arreglar era la herida de la ceja, pero supongo que son detalles que no se pueden esconder. – Soy Krassier, el boticario, vengo para hablar con vuestra señora si es que se encuentra en estos momentos y desea recibirme. – Contesté cuando la joven me preguntó que deseaba.
“Y las puertas se abrieron para el brujo, cuya presencia parecía manchar la pulcritud del lugar y su magnificencia… “Pensé mientras me adentraba despacio procurando no hacer demasiado ruido al caminar y manteniendo las manos unidas tras de mí en un gesto que me daba más aire de caballero del que en realidad tenía. Puede que fuera cierto que fuera como el resto de hombres, vale, sí, quizás lo fuera, yo no pensaba tal cosa y eso era lo que contaba, pero Liana tenía razón y en aquellos momentos me había comportado como cualquier otro, pero no se lo diría... Nunca... - Tenéis razón, soy como cualquier otro hombre. – Acabé diciendo cuando tras esperar por ella hizo acto de presencia demostrando que ni la magnificencia de la casa era capaz de hacerle sombra a su figura y talante. Aquella mujer acabaría siendo mi perdición. Con aquellas palabras esperaba haber dejado claras muchas cosas que no saldrían de mi boca.

Krassier Khorven Crow
- Mensajes: 31
Fecha de inscripción: 03/01/2012
Re: Sin previo aviso. [Liana de Cornualles]
Estaba sentada en un cojín, con las piernas cruzadas frente al rugiente fuego de la chimenea. En la intimidad de mi alcoba podía permitirme ciertas licencias de postura y de compostura, sin incluir las indecorosas actitudes en el lecho con las que solía escandalizar a Gabriel, especialmente cuando éste también formaba parte de ellas. La forma de sentarme era muy evocadora de mi infancia, de cuando mi hermano y yo solíamos recostarnos en el suelo de la cabaña para escuchar las historias que nuestra abuela nos tuviera reservadas. Una diferente a diario y sin repetir jamás la misma. Ese era su lema, idéntico al que yo misma adoptara en referencia a mis amantes. Años después Robert y yo seguiríamos retozando frente al fuego del hogar, sin más relatos que escuchar pero pudiéndose también tildar de indecorosas nuestras posturas. Abandoné tales remembranzas para desviar los ojos hacia la ventana, melancólica, en cuya cornisa ningún cuervo se posaba hoy. Un suspiro escapó de entre mis labios y cerré los ojos, flexionando las piernas e inclinándome hacia delante para apoyar la mejilla sobre mis rodillas.
Habían transcurrido ya varias noches de mi discusión, por denominarla de algún modo, con el gran brujo Krassier. Su inusitado comportamiento en aquella madrugada, así como su apatía, me habían llevado a reflexionar acerca del auténtico cariz de nuestra relación. Las conjeturas que pude esclarecer al respecto eran numerosas y variopintas, aunque sólo sirvieran para fundamentar mis sueños eróticos y preocuparme al ser consciente de que quizá destinaba demasiados de mis pensamientos hacia un solo hombre. En consecuencia me resistí a enviarle una carta, el orgullo acababa inmovilizando mis dedos al sostener la pluma, de modo que decidí derogarme en ese proceder un par de días más, en espera de que mi maestro diera antes señales de vida. No debí decirle que era como cualquier otro hombre, pensé arrepentida. Al incorporarme del suelo, después de llevarme a la boca otra de las frambuesas que para mí dispusieran en un pequeño cuenco de madera, me aproximé hacia la ventana dispuesta a permitir que el gélido aire de la mañana me golpeara en el rostro. Al descender la vista de un cielo inmaculado, mucho más despejado que mi mente, mis ojos no terminaron de creerse la visión en una de las calles colindantes al palacete. Era Krassier, vestido como un noble más de la corte y avanzando con paso firme hacia una de las entradas laterales. El brujo pareció murmurar algo tras un gesto que desde las alturas interpreté como un suspiro e inmediatamente fue recibido por una de mis doncellas. Me apresuré a cerrar la ventana, con una sonrisa que afloró en mis labios de manera inconsciente.
Antes de abandonar la estancia me demoré unos segundos frente al espejo de pie, por simple vanidad y también con el fin de asegurarme de que en mis ojos ya no quedara vestigio alguno de la turbación que en mí suscitara la inesperada visita del brujo. Aquella mañana vestía una túnica entallada de brocado gris tormenta, con mangas y botones perlados, asomándose tímidamente entre las solapas y en sus puños una lujosa seda de color sangre. La más habilidosa de mis sirvientas había trenzado mi cabello concienzudamente, y su obra maestra azabache caía sobre uno de mis hombros hasta alcanzar el volumen de mis senos. Una única joya ornamentaba mi cuerpo, un fastuoso rubí a medio pulir y que no había perdido su condición de piedra para convertirse en gema, engarzado magistralmente por mi esposo en un anillo de oro. Dispuesta a que mi reflejo no retrasara más mi encuentro con Krassier salí de la habitación, adelantándome al informe de visita que una de las doncellas me brindara tras cruzarme con ella en las escaleras. La muchacha guió mis pasos hasta nuestro punto de encuentro.
El brujo me esperaba en la gran estancia rectangular que hacía las veces de salón social, destinada a cenas de gala, eventos gremiales y asuntos de negocios con el clero. Una majestuosa mesa alargada, rodeada de veintidós sillas más dos presidenciales, gobernaba el espacio central. Al fondo, justo donde el hombre aguardaba mi llegada, se erigía un hermoso estrado de dos escalones y un par de cómodos asientos que por su pomposidad podrían ser malinterpretados como tronos. La todavía endeble luz de la mañana se filtraba a través de las coloristas vidrieras del salón, ornamentadas con motivos florales de un misticismo ciertamente pagano e inocentemente bucólico ante los ojos ignorantes de cualquier cristiano. Ellos no podrían apreciar los sátiros y las ninfas ocultos, ni la belladona o la mandrágora, pues así eran de complejas y detalladas las filigranas pétreas y cristalinas que un gran amigo y también maestro de Essex creó por orden y diseño expresos. En cualquier caso la luz que proporcionaban era ténue y de gran variedad cromática, hipnótica con sus anaranjados y rojizos halos. No obstante el alquimista parecía ignorar por completo la majestuosidad de aquel entorno. Su aspecto era hoy el de un hombre meditabundo, caudillo de sus propios pensamientos, hasta que me acercara lo suficiente a él como para abstraerle con mi presencia de sus inescrutables meditaciones.
Al verme aparecer junto a mi doncella no se demoró en darme la razón por algo que le dijera la otra noche, una sentencia que distaba mucho de ser verdad y que debió ser fruto de mi resquemor ante lo despótico de su actitud en un momento mío de vulnerabilidad. “Tenéis razón, soy como cualquier otro hombre”, dijo; y aquel manifiesto tan incierto como el remitente de la amenaza clavada en mi puerta me hizo sonreír. –¿Tal es el saludo que comúnmente empleáis al presentaros ante a las demás damas de la corte? –pregunté con un tono de voz jocoso, mostrándole el blanco de mis dientes en una sonrisa sincera y carente de cualquier tipo de matiz o de pretensión. Mordisqueé levemente mi labio inferior, seguramente más carmesí de lo habitual tras haber degustado las frambuesas en el desayuno, y mis ojos iniciaron un sugerente itinerario que comenzara en su larga melena blanca, recogida en una coleta, y concluyó en las puntas de sus lustrosas botas de cuero negro. El brujo se había ataviado con sus mejores galas; pantalones grises de franela, camisa blanca y un chaleco granate con hombreras y solapas ribeteadas en oro. Que se esforzara en aparentar cierta caballerosidad en el protocolo de su visita me complació sobremanera, y aunque evitara demostrarle abiertamente tal complacencia no dudé de la sagacidad del brujo a la hora de poder llegar a apreciarla debidamente en mi mirada. –O tal vez no lo seáis, Krassier, yo también acostumbro a equivocarme. Recordadme que un día de estos os presente a mi marido –mi doncella trató de contener una risa tras escuchar mi sarcástica asociación de ideas, emitiendo un extraño sonido que trató de encubrir con un carraspeo de lo más oportuno. Le pedí que se retirara con un tono de voz frío y respetuoso al unísono, esperando a que ésta hubiera abandonado la estancia para poder vulnerar los tres pasos de rigor cristiano que me separaban del objeto de mi deseo. –Lamentablemente hoy no podrá ser, maestro. Mi esposo está de viaje. Partió esta mañana hacia Cornualles –comenté aquel dato mientras me acercaba hacia él, con los brazos cruzados bajo mis senos y una inflexión sugerente e incitadora en la voz.
Por supuesto todo lo dicho era cierto, aunque no debía ser tomado como una proposición indecente. Formaba parte de nuestro juego y el brujo así debía interpretarlo. No estaba dispuesta a serle infiel a mi marido aprovechándome de su ausencia, no me consideraba una esposa tan arquetípica, pues prefería hacerlo cuando él regresara y me sintiera más motivada por su ignorancia ante el hecho y su cercanía. –Asuntos de negocios… –murmuré aquella puntualización con evidente desidia, avanzando un poco más hacia su cuerpo. Al detenerme frente al brujo posé mi mano derecha sobre su hombro y no pude evitar sonreír. Durante muchas noches había soñado con la posibilidad de un encuentro sexual con Krassier en mi propia cama, sobre sábanas rojas y bañada nuestra desnudez por el fulgor de una chimenea que secara el sudor de nuestros extenuados cuerpos tras una larga y dura lección. Ahora, a pesar de la distancia que separaba a mi esposo de su castillo (bonito eufemismo erótico), no me inspiraba convertir al brujo en mi amante. Gabriel era un hombre atractivo, rico, y me amaba de verdad. La única razón por la que había sido incapaz de corresponder a sus sentimientos era por mi carencia de tales. Extrañamente, la aparición del hombre de cabello blanco en mi vida había convulsionado la frívola moralidad de mis principios. ¿Le deseaba demasiado como para acostarme con él? Una respuesta afirmativa a esa pregunta resultaría tan inquietante como significativa.
Me acerqué un poco más hasta rozar su torso con mi busto. No recordaba haber visto nunca sus facciones bajo el cálido abrazo de la luz solar, reduciéndose nuestros ocasionales encuentros a la clandestina y gélida nocturnidad de Canterbury. El gris de sus ojos poseía en esta media luz dorada el brillo del acero forjado, apreciándose en su mirada un insólito matiz de miedo o de debilidad que humanizaba su tradicional máscara de displicencia. Retiré la mano del terciopelo de su chaleco para poder acariciarle una herida reciente, sobre su ceja y que Krassier exhibía con orgullo aún sin cicatrizar. Alcé una de las mías intactas formando una mueca de satírica sorpresa, y una sutil sonrisa se perfiló en mis labios voluptuosos, aquellos que según mi juramento de la otra noche el brujo jamás alcanzaría a besar. –¿Os golpeasteis vos mismo contra la pared al dejarme escapar la otra noche o acaso la hija del posadero no sabe cerrar debidamente la puerta de su alcoba? –pregunté con irónica lascivia y acto seguido acerqué mi boca a su oído. Deliberadamente mis labios rozaron el lóbulo de su oreja–. Dicen que su padre es un hombre muy protector… Tanto que decide hacer guardia muchas noches en la cama de su hija –me separé de Krassier tras confesarle aquel rumor tan precario e incierto como digno de ser susurrado, mostrándole lo perversamente acentuado de mi sonrisa y retrocediendo un paso antes de volver a cruzarme de brazos en actitud expectante. –Decidme… ¿Habéis averiguado algo respecto al anónimo? –rasgué la mirada y mi rostro adquirió entonces una expresión sombría. Ni siquiera el bulto de su entrepierna, notable a pesar de su aparente reposo, lograba evadir de mi mente aquella amenaza que tanto me atormentaba desde que un villano sin nombre y sin rostro decidiera clavarla en mi puerta.
Habían transcurrido ya varias noches de mi discusión, por denominarla de algún modo, con el gran brujo Krassier. Su inusitado comportamiento en aquella madrugada, así como su apatía, me habían llevado a reflexionar acerca del auténtico cariz de nuestra relación. Las conjeturas que pude esclarecer al respecto eran numerosas y variopintas, aunque sólo sirvieran para fundamentar mis sueños eróticos y preocuparme al ser consciente de que quizá destinaba demasiados de mis pensamientos hacia un solo hombre. En consecuencia me resistí a enviarle una carta, el orgullo acababa inmovilizando mis dedos al sostener la pluma, de modo que decidí derogarme en ese proceder un par de días más, en espera de que mi maestro diera antes señales de vida. No debí decirle que era como cualquier otro hombre, pensé arrepentida. Al incorporarme del suelo, después de llevarme a la boca otra de las frambuesas que para mí dispusieran en un pequeño cuenco de madera, me aproximé hacia la ventana dispuesta a permitir que el gélido aire de la mañana me golpeara en el rostro. Al descender la vista de un cielo inmaculado, mucho más despejado que mi mente, mis ojos no terminaron de creerse la visión en una de las calles colindantes al palacete. Era Krassier, vestido como un noble más de la corte y avanzando con paso firme hacia una de las entradas laterales. El brujo pareció murmurar algo tras un gesto que desde las alturas interpreté como un suspiro e inmediatamente fue recibido por una de mis doncellas. Me apresuré a cerrar la ventana, con una sonrisa que afloró en mis labios de manera inconsciente.
Antes de abandonar la estancia me demoré unos segundos frente al espejo de pie, por simple vanidad y también con el fin de asegurarme de que en mis ojos ya no quedara vestigio alguno de la turbación que en mí suscitara la inesperada visita del brujo. Aquella mañana vestía una túnica entallada de brocado gris tormenta, con mangas y botones perlados, asomándose tímidamente entre las solapas y en sus puños una lujosa seda de color sangre. La más habilidosa de mis sirvientas había trenzado mi cabello concienzudamente, y su obra maestra azabache caía sobre uno de mis hombros hasta alcanzar el volumen de mis senos. Una única joya ornamentaba mi cuerpo, un fastuoso rubí a medio pulir y que no había perdido su condición de piedra para convertirse en gema, engarzado magistralmente por mi esposo en un anillo de oro. Dispuesta a que mi reflejo no retrasara más mi encuentro con Krassier salí de la habitación, adelantándome al informe de visita que una de las doncellas me brindara tras cruzarme con ella en las escaleras. La muchacha guió mis pasos hasta nuestro punto de encuentro.
El brujo me esperaba en la gran estancia rectangular que hacía las veces de salón social, destinada a cenas de gala, eventos gremiales y asuntos de negocios con el clero. Una majestuosa mesa alargada, rodeada de veintidós sillas más dos presidenciales, gobernaba el espacio central. Al fondo, justo donde el hombre aguardaba mi llegada, se erigía un hermoso estrado de dos escalones y un par de cómodos asientos que por su pomposidad podrían ser malinterpretados como tronos. La todavía endeble luz de la mañana se filtraba a través de las coloristas vidrieras del salón, ornamentadas con motivos florales de un misticismo ciertamente pagano e inocentemente bucólico ante los ojos ignorantes de cualquier cristiano. Ellos no podrían apreciar los sátiros y las ninfas ocultos, ni la belladona o la mandrágora, pues así eran de complejas y detalladas las filigranas pétreas y cristalinas que un gran amigo y también maestro de Essex creó por orden y diseño expresos. En cualquier caso la luz que proporcionaban era ténue y de gran variedad cromática, hipnótica con sus anaranjados y rojizos halos. No obstante el alquimista parecía ignorar por completo la majestuosidad de aquel entorno. Su aspecto era hoy el de un hombre meditabundo, caudillo de sus propios pensamientos, hasta que me acercara lo suficiente a él como para abstraerle con mi presencia de sus inescrutables meditaciones.
Al verme aparecer junto a mi doncella no se demoró en darme la razón por algo que le dijera la otra noche, una sentencia que distaba mucho de ser verdad y que debió ser fruto de mi resquemor ante lo despótico de su actitud en un momento mío de vulnerabilidad. “Tenéis razón, soy como cualquier otro hombre”, dijo; y aquel manifiesto tan incierto como el remitente de la amenaza clavada en mi puerta me hizo sonreír. –¿Tal es el saludo que comúnmente empleáis al presentaros ante a las demás damas de la corte? –pregunté con un tono de voz jocoso, mostrándole el blanco de mis dientes en una sonrisa sincera y carente de cualquier tipo de matiz o de pretensión. Mordisqueé levemente mi labio inferior, seguramente más carmesí de lo habitual tras haber degustado las frambuesas en el desayuno, y mis ojos iniciaron un sugerente itinerario que comenzara en su larga melena blanca, recogida en una coleta, y concluyó en las puntas de sus lustrosas botas de cuero negro. El brujo se había ataviado con sus mejores galas; pantalones grises de franela, camisa blanca y un chaleco granate con hombreras y solapas ribeteadas en oro. Que se esforzara en aparentar cierta caballerosidad en el protocolo de su visita me complació sobremanera, y aunque evitara demostrarle abiertamente tal complacencia no dudé de la sagacidad del brujo a la hora de poder llegar a apreciarla debidamente en mi mirada. –O tal vez no lo seáis, Krassier, yo también acostumbro a equivocarme. Recordadme que un día de estos os presente a mi marido –mi doncella trató de contener una risa tras escuchar mi sarcástica asociación de ideas, emitiendo un extraño sonido que trató de encubrir con un carraspeo de lo más oportuno. Le pedí que se retirara con un tono de voz frío y respetuoso al unísono, esperando a que ésta hubiera abandonado la estancia para poder vulnerar los tres pasos de rigor cristiano que me separaban del objeto de mi deseo. –Lamentablemente hoy no podrá ser, maestro. Mi esposo está de viaje. Partió esta mañana hacia Cornualles –comenté aquel dato mientras me acercaba hacia él, con los brazos cruzados bajo mis senos y una inflexión sugerente e incitadora en la voz.
Por supuesto todo lo dicho era cierto, aunque no debía ser tomado como una proposición indecente. Formaba parte de nuestro juego y el brujo así debía interpretarlo. No estaba dispuesta a serle infiel a mi marido aprovechándome de su ausencia, no me consideraba una esposa tan arquetípica, pues prefería hacerlo cuando él regresara y me sintiera más motivada por su ignorancia ante el hecho y su cercanía. –Asuntos de negocios… –murmuré aquella puntualización con evidente desidia, avanzando un poco más hacia su cuerpo. Al detenerme frente al brujo posé mi mano derecha sobre su hombro y no pude evitar sonreír. Durante muchas noches había soñado con la posibilidad de un encuentro sexual con Krassier en mi propia cama, sobre sábanas rojas y bañada nuestra desnudez por el fulgor de una chimenea que secara el sudor de nuestros extenuados cuerpos tras una larga y dura lección. Ahora, a pesar de la distancia que separaba a mi esposo de su castillo (bonito eufemismo erótico), no me inspiraba convertir al brujo en mi amante. Gabriel era un hombre atractivo, rico, y me amaba de verdad. La única razón por la que había sido incapaz de corresponder a sus sentimientos era por mi carencia de tales. Extrañamente, la aparición del hombre de cabello blanco en mi vida había convulsionado la frívola moralidad de mis principios. ¿Le deseaba demasiado como para acostarme con él? Una respuesta afirmativa a esa pregunta resultaría tan inquietante como significativa.
Me acerqué un poco más hasta rozar su torso con mi busto. No recordaba haber visto nunca sus facciones bajo el cálido abrazo de la luz solar, reduciéndose nuestros ocasionales encuentros a la clandestina y gélida nocturnidad de Canterbury. El gris de sus ojos poseía en esta media luz dorada el brillo del acero forjado, apreciándose en su mirada un insólito matiz de miedo o de debilidad que humanizaba su tradicional máscara de displicencia. Retiré la mano del terciopelo de su chaleco para poder acariciarle una herida reciente, sobre su ceja y que Krassier exhibía con orgullo aún sin cicatrizar. Alcé una de las mías intactas formando una mueca de satírica sorpresa, y una sutil sonrisa se perfiló en mis labios voluptuosos, aquellos que según mi juramento de la otra noche el brujo jamás alcanzaría a besar. –¿Os golpeasteis vos mismo contra la pared al dejarme escapar la otra noche o acaso la hija del posadero no sabe cerrar debidamente la puerta de su alcoba? –pregunté con irónica lascivia y acto seguido acerqué mi boca a su oído. Deliberadamente mis labios rozaron el lóbulo de su oreja–. Dicen que su padre es un hombre muy protector… Tanto que decide hacer guardia muchas noches en la cama de su hija –me separé de Krassier tras confesarle aquel rumor tan precario e incierto como digno de ser susurrado, mostrándole lo perversamente acentuado de mi sonrisa y retrocediendo un paso antes de volver a cruzarme de brazos en actitud expectante. –Decidme… ¿Habéis averiguado algo respecto al anónimo? –rasgué la mirada y mi rostro adquirió entonces una expresión sombría. Ni siquiera el bulto de su entrepierna, notable a pesar de su aparente reposo, lograba evadir de mi mente aquella amenaza que tanto me atormentaba desde que un villano sin nombre y sin rostro decidiera clavarla en mi puerta.

Liana de Cornualles
- Mensajes: 28
Fecha de inscripción: 08/01/2012
Re: Sin previo aviso. [Liana de Cornualles]
Su pregunta fue para mí como un soplo de aire fresco en una tarde calurosa de verano. La verdad es que no esperaba demasiada simpatía por parte de la señorita, pero una vez más mi mente se vio sorprendida por sus palabras y su extraña forma de actuar conmigo. Ya estaba confirmado, Liana de Cornualles era una mujer única, quizás no la perfecta y fiel esposas, pero como ella, en el mundo jamás habría otra y eso me gustaba, pues adoraba ser de los pocos o el único que pudiera conocer o apreciar cosas que otros jamás llegarían a ver en su vida. – Se podría decir que no suelo presentarme ni saludar a demasiadas damas de la corte, no me preguntéis por qué, pero estas prefieren mantenerme bien alejado de su presencia. – Sonreí con cierto sarcasmo, ya era de sabido por todos que yo a pesar de mis variopintos modales y exquisita pero oculta educación no era demasiado célebre entre los nobles de Canterbury, por lo menos de cara a todos, a espaldas todos venían a escondidas a comprarme remedios y pedirme consejos… ¡Ah! la dulce hipocresía de la humanidad. No pude evitar enarcar una ceja cuando Liana expresó que ella también podía equivocarse, era interesante ver el juego, seguramente de cara a otras personas jamás hubiéramos sido capaces de confesar tales cosas – Os lo recordaré pues, ya que tengo en mente un pequeño encargo. – Observé como mi anfitriona despedía a su sirvienta y seguí a esta última con la mirada hasta que abandonó la sala, momento que aproveché para echar un rápido vistazo a aquella inmaculada sala que con mi presencia satírica manchaba. La sonrisa que se dibujó en mis labios no pudo ser reprimida cuando contemplé las cristaleras, cuyos verdaderos motivos quedaba ocultos a ojos inocentes y poco observadores, pero no terminé de contemplar la belleza de la obra pues mis ojos buscaron otra belleza que no había sido creada por la mano del hombre y que en aquellos momentos rozaba mi pecho con su generoso busto.
La cercanía de su cuerpo no se hizo notar hasta que sentía aquellos labios carmesíes rozarme la oreja con cierta ligereza, en un gesto que a mi modo de ver era bastante sensual, permitiéndome el momento aprovechar para inundar mis pulmones con su fragancia, adornada con el ligero olor de las frambuesas aun presente en sus labios. – Se podrían decir tantas cosas por los rumores que al final nadie sabe que es verdad o mentira. – Susurré justo antes de que se apartara – Y no, no me he golpeado con ninguna puerta, digamos que tuve hace unos días un pequeño percance con un grupo de alcohólicos bastante violentos. – Aunque yo hubiera tenido la culpa del incidente, repito. Su expresión cambió de golpe y una vez más la distancia se hizo notar entre nosotros. Negué con la cabeza despacio – Aparte de la exquisita calidad del papel, la tinta con la que fue escrita, un ligero aroma dulzón y la perfecta y cuidada caligrafía no he logrado averiguar nada más. Pero eso no quiere decir que haya dejado de investigar… - Busqué sus ojos una vez más – Tal y como parece indicar en la carta, nuestro amigo es un ferviente cristiano o un loco rematado que se considera defensor de su propia justicia y con todo el derecho de amenazar a una de las más renombradas nobles de Canterbury, aparte de la aprendiz del líder de la Hermandad. – Quizás me estuviera equivocando como un principiante, pero algo me decía que a nuestro misterioso amigo o amiga (ya que aun no tenía claro si era hombre o mujer) no sabía que terreno estaba pisando. Las arenas movedizas pronto se lo tragarían despacio, pues yo, me cobro muy alto el precio de una amenaza a alguien ante cuyo nombre puedo anteponer un adjetivo posesivo, “mí” en este caso.
- No os preocupéis, no pasará nada que no podamos solucionar. – Afirme con total seguridad y haciendo gala de mi tremendo ego – Pero va bien que vuestro marido no esté en casa, así podemos asegurarnos de que no intentan atacaros desde ese punto. – Murmuré mientras me planteaba hasta que punto Gabriel, el famoso orfebre, sería importante para la mujer cuyos ojos azules me observaban en aquel momento. Por mí parte yo había hecho lo propio de un padre preocupado y precavido, había dejado unos días a mi hija en casa de la molinera y me había asegurado de que Zilb mantuviera una constante vigilancia en el cementerio donde se encontraba la entrada de la cripta, aunque volvía a dudar de la capacidad de aquel cabeza de chorlito. – Para evitar también ciertas situaciones, os informaré de que hay otra entrada hacia la cripta justo en el callejón más cercano a la Iglesia, escondida tras una vieja puerta de madera. Yo me citaré con otro de los aprendices en donde siempre y si os vuelve a llegar una carta quizás así podamos saber cuál es el lugar que vigila y poner especial atención en buscarle ahí… - Ladeé la cabeza en un gesto pensativo, no era el mejor de mis planes, pero supuse que podría funcionar… Aunque mi fama no estaba basada en planes perfectos, sino en situaciones y actos mediocres que siempre terminaban saliendo bien – Aparte de esto, aconsejo que si vuelve a suceder algo por el estilo, podríamos limitar nuestras visitas a sitios quizás más privados. – Al igual que ella, yo no estaba haciendo ningún tipo de invitación a nada – Aunque seguramente prefiráis la cripta, imagino que después de ver el nuevo añadido os quedaran ganas de pasar más tiempo ahí a la vuelta de nuestro amado y querido esposo. – Una sonrisa tan afilada como la daga que escondía en mi bota por si las moscas asomó a mis labios. Aunque confieso que aquella descripción propia acerca del esposo de la mujer llegó a dolerme bastante.
¿Por qué? La evidencia se palpaba en la casa y en todo aquello que rodeara a la mujer. Por eso me negaba a pensar en lo que pudiera suceder y en aquellas cosas que pudieran llegar a hacerme sentir… ¿Cómo decirlo?... Bien, junto a ella. Por eso, me limitaba a pensar que la atracción era puramente física y carnal, como siempre hacía, eso lograba mantenerme alejado de malos momentos que eran compensados por los problemas en los que podía meterme con la iglesia y la nobleza casi a diario.
La cercanía de su cuerpo no se hizo notar hasta que sentía aquellos labios carmesíes rozarme la oreja con cierta ligereza, en un gesto que a mi modo de ver era bastante sensual, permitiéndome el momento aprovechar para inundar mis pulmones con su fragancia, adornada con el ligero olor de las frambuesas aun presente en sus labios. – Se podrían decir tantas cosas por los rumores que al final nadie sabe que es verdad o mentira. – Susurré justo antes de que se apartara – Y no, no me he golpeado con ninguna puerta, digamos que tuve hace unos días un pequeño percance con un grupo de alcohólicos bastante violentos. – Aunque yo hubiera tenido la culpa del incidente, repito. Su expresión cambió de golpe y una vez más la distancia se hizo notar entre nosotros. Negué con la cabeza despacio – Aparte de la exquisita calidad del papel, la tinta con la que fue escrita, un ligero aroma dulzón y la perfecta y cuidada caligrafía no he logrado averiguar nada más. Pero eso no quiere decir que haya dejado de investigar… - Busqué sus ojos una vez más – Tal y como parece indicar en la carta, nuestro amigo es un ferviente cristiano o un loco rematado que se considera defensor de su propia justicia y con todo el derecho de amenazar a una de las más renombradas nobles de Canterbury, aparte de la aprendiz del líder de la Hermandad. – Quizás me estuviera equivocando como un principiante, pero algo me decía que a nuestro misterioso amigo o amiga (ya que aun no tenía claro si era hombre o mujer) no sabía que terreno estaba pisando. Las arenas movedizas pronto se lo tragarían despacio, pues yo, me cobro muy alto el precio de una amenaza a alguien ante cuyo nombre puedo anteponer un adjetivo posesivo, “mí” en este caso.
- No os preocupéis, no pasará nada que no podamos solucionar. – Afirme con total seguridad y haciendo gala de mi tremendo ego – Pero va bien que vuestro marido no esté en casa, así podemos asegurarnos de que no intentan atacaros desde ese punto. – Murmuré mientras me planteaba hasta que punto Gabriel, el famoso orfebre, sería importante para la mujer cuyos ojos azules me observaban en aquel momento. Por mí parte yo había hecho lo propio de un padre preocupado y precavido, había dejado unos días a mi hija en casa de la molinera y me había asegurado de que Zilb mantuviera una constante vigilancia en el cementerio donde se encontraba la entrada de la cripta, aunque volvía a dudar de la capacidad de aquel cabeza de chorlito. – Para evitar también ciertas situaciones, os informaré de que hay otra entrada hacia la cripta justo en el callejón más cercano a la Iglesia, escondida tras una vieja puerta de madera. Yo me citaré con otro de los aprendices en donde siempre y si os vuelve a llegar una carta quizás así podamos saber cuál es el lugar que vigila y poner especial atención en buscarle ahí… - Ladeé la cabeza en un gesto pensativo, no era el mejor de mis planes, pero supuse que podría funcionar… Aunque mi fama no estaba basada en planes perfectos, sino en situaciones y actos mediocres que siempre terminaban saliendo bien – Aparte de esto, aconsejo que si vuelve a suceder algo por el estilo, podríamos limitar nuestras visitas a sitios quizás más privados. – Al igual que ella, yo no estaba haciendo ningún tipo de invitación a nada – Aunque seguramente prefiráis la cripta, imagino que después de ver el nuevo añadido os quedaran ganas de pasar más tiempo ahí a la vuelta de nuestro amado y querido esposo. – Una sonrisa tan afilada como la daga que escondía en mi bota por si las moscas asomó a mis labios. Aunque confieso que aquella descripción propia acerca del esposo de la mujer llegó a dolerme bastante.
¿Por qué? La evidencia se palpaba en la casa y en todo aquello que rodeara a la mujer. Por eso me negaba a pensar en lo que pudiera suceder y en aquellas cosas que pudieran llegar a hacerme sentir… ¿Cómo decirlo?... Bien, junto a ella. Por eso, me limitaba a pensar que la atracción era puramente física y carnal, como siempre hacía, eso lograba mantenerme alejado de malos momentos que eran compensados por los problemas en los que podía meterme con la iglesia y la nobleza casi a diario.

Krassier Khorven Crow
- Mensajes: 31
Fecha de inscripción: 03/01/2012
Re: Sin previo aviso. [Liana de Cornualles]
Escuché con atención las conclusiones en sus pesquisas referentes a la nota clavada en mi puerta. El brujo había analizado el tipo de escritura y de papel, así como la tinta empleada, en una minuciosa disección del anónimo que no acabó resultándole demasiado reveladora. Sus siguientes conjeturas, manifestadas con un tono de voz riguroso y perspicaz, hicieron brotar una sonrisa franca en mi boca color frambuesa. Su loable intención por tratar de ayudarme, aún cabiendo la posibilidad de un fin mucho más egoísta (o uno de más generalizado en pro de toda la Hermandad), me resultaba de lo más gratificante. –Deliciosa es su manera de evitar vincular los términos “ferviente cristiano” y “loco rematado”, Krassier. Como si ambas opciones fueran necesariamente excluyentes –acentué la curva irónica de mis labios y volví a dar un paso hacia su cuerpo, mientras con las manos acariciaba de manera casual el elaborado trenzado de mi cabello. –Cierto es que una mano escribiera tan intimidante manifiesto, pero no olvidemos que la funesta amenaza fue enunciada en plural –me detuve frente a él, reflexiva y a la vez interrogante, escrutando aquellos ojos grises y astutos cuyos entresijos escaparían a cualquier mirada mortal por sagaz que ésta fuera. Un embriagador aroma masculino, a bosque y a sudor, yacía soterrado bajo la fragancia del jabón que el sensual alquimista empleara al acicalarse para la ocasión. Volví a requerir de cierto esfuerzo por evitar acariciarle nuevamente. –¿No le parece extraño que ningún otro de sus aprendices, o incluso vos mismo, hayan recibido una amenaza similar? –mis ojos se rasgaron tras formular la pregunta, tan suspicaces como los de mi esposo Gabriel al escuchar uno de mis sofisticados pretextos para abandonar el castillo en plena noche o negarme a hacer el amor. –Por el modo en que el anónimo se refería a mis actos, como pecados dignos de ser ajusticiados, no deberíamos incluir en la lista de sospechosos a cualquiera de los “nuestros” –aquel entrecomillado, que mi tono de voz subrayó con ironía, englobaba desde a brujos, paganos sin don y también a libres pensadores. En definitiva, a todo ser vivo alejado del convencionalismo religioso y de su cada vez más radical ortodoxia cristiana.
El brujo sentenció que no debía preocuparme, que juntos nos encargaríamos de solucionar aquella contrariedad. Lo hizo con una voz firme que denotaba la más absoluta confianza en la efectividad de sus métodos, así como también una egolatría fruto de la vanidad y la cual insinuaba una vida en solitario colmada de adversidades tales como el enigma de aquella amenaza. Asentí sutilmente con la cabeza, en señal de entendimiento, al escuchar de su boca lo oportuno y ventajoso de la ausencia de mi marido. Supuse que, al igual que su hija, Gabriel se había convertido en un punto débil mientras la amenaza se cerniera sobre nosotros, la Hermandad o únicamente sobre mí misma. El plan que Krassier expuso a continuación me pareció correcto, tal vez así lograra cercar el punto de rastreo exacto empleado por mi sombrío “admirador”. –No quisiera poneros en peligro, a vos ni a cualquier otro miembro de la Hermandad –la sinceridad alteró el tono característico de mis palabras. Había un brillo nuevo e inquietante en mis ojos, como si todavía no estuviera todo dicho. Se instaló entonces un incómodo silencio en la majestuosa estancia llena de halos de luz dorada y de sombras, sosteniendo mutuamente nuestras miradas y preguntándonos sin palabras qué quedaba todavía por averiguar respecto a lo que sentíamos el uno por el otro. La respuesta era; mucho. Tanto como detalles paganos ocultaran los fastuosos cristales de colores que con suma belleza filtraban la luz del sol.
Alcé una ceja tras escuchar su sugerencia de que, en el caso de que no cesaran tales amenazas, podríamos limitar nuestros encuentros a lugares más privados. –¿Más aún que una tumba de San Martín en la madrugada? –resoplé con sarcástica insolencia, retirándole la mirada para centrar mis ojos en un punto indefinido de aquellas crípticas y hermosas vidrieras. Tampoco deseaba que Krassier pudiera apreciar en mi rostro el tedio que me provocaba el dificultar, o en el peor de los casos, espaciar todavía más nuestras citas. No tardé en arrepentirme de aquel gesto tan inapropiado, que mi cruce de brazos fortalecía y que el brujo podría malinterpretar como la actitud pueril de una niña malcriada y caprichosa. Tras un suspiro y un breve cerrar de ojos retomé nuevamente las riendas de mi madurez, recuperando también la caricia de su mirada cuando el brujo insinuara una nueva adquisición para su cripta. Una que al parecer me complacería sobremanera. –¿A qué nuevo añadido os referís, maestro? –correspondí a su afilada sonrisa con una propia e igual de mordaz. Supuse que el brujo se estaba refiriendo a una cama, cuya carencia en aquel subterráneo tanto demandara desde que pusiera mis pies en el por primera vez. En realidad, desde que conociera al peliblanco arrogante, siempre había lamentado el no disponer de un lecho cerca cuando estaba a su lado. Excitada, en todos los sentidos de la palabra, ante la posibilidad de que el hombre atendiera finalmente a mis sugerencias, no pude resistirme a imaginarme aquella larga y dura lección prometida que el orgullo mutuo tanto parecía demorar. –No sé a qué añadido se refiere, pero… Espero que su estructura sea muy firme y no carezca de dosel –inconscientemente había vuelto a unir mi cuerpo al suyo, como una gata que roza y ronronea por naturaleza, deslizando una de mis manos sobre el terciopelo escarlata que cubría su torso.
Con el alquimista de melena albina mis ensoñaciones eran puramente eróticas, tan pintorescas y morbosas como una cama con dosel instalada en una cripta subterránea. Lo eran siempre, a excepción de ciertos desvaríos un tanto absurdos, puntuales, que una parte demasiado afectiva e indiscreta de mi subconsciente parecía empeñada en fantasear. Anoche mismo, cuando Krassier aún no había dado señales de vida, un sentimiento que se parecía en demasía al desasosiego perturbó mis sueños como el picotear de un cuervo sobre el cristal de mi ventana. En aquellos instantes de oscura vigilia, abrazada a Gabriel (por Gabriel) horas antes de su partida, no pude evitar el imaginar que los brazos que me aprisionaban a un torso cálido y protector no eran en realidad los de mi esposo. No tardé en rendirme a Morfeo, inquieta por algún motivo que desconocía o me negaba a conocer, y una experiencia onírica invadió mi mente dormida. En ella me encontraba desnuda y acostada sobre el lecho en la alcoba del brujo, abarcada en todos los sentidos por su cuerpo, mientras éste correspondía con su afilada lengua pero también con inusitada ternura a mis confidencias. Yo obraba del mismo modo con las suyas, entre ráfagas entrecortadas de besos y de caricias. Sucedía por la mañana, un amanecer lluvioso, y aquel estrecho catre no se me antojaba tan incómodo y criticable a fin de cuentas. Al despertarme, desconcertada, me dije a mí misma que tan sólo había sido una pesadilla.
Por un momento, y tras agitar sutilmente la cabeza en un vano intento por deshacerme de aquellas cavilaciones, su mirada se encontró con la mía. Casi por inercia aparté mis ojos azules de inmediato, rehuyéndole, temerosos quizás de que el brujo pudiera alcanzar a leer algo inconveniente o demasiado revelador en ellos. Pero enseguida volví a mirarle, de manera altanera y con una sonrisa libidinosa que pareciera querer justificar el ardiente rubor en mis mejillas. La mano con la que acariciaba su chaleco se había perdido bajo el mismo, sin ser consciente de mi furtiva caricia, pudiendo sentir todavía más intensamente el calor de su cuerpo. Tan sólo el maldito lino de su camisa me separaba ahora de su piel. ¿Tendrá vello en el pecho? ¿Cicatrices con las que guiar mi lengua sobre su torso? Detuve la caricia para aposentar la yema de mi dedo índice sobre uno de sus pezones, sintiendo a su vez el rítmico y poderoso latido de su corazón. –¿No habéis contemplado la posibilidad de que una de vuestras amantes, celosa de mi presencia, decidiera enviarme ese mensaje? –mi caricia descendió sinuosa sobre el tejido caliente, deteniéndose a la altura de su ombligo, mientras mi boca entreabierta y de cálido aliento rozaba aquel mentón suyo que prometía ser demasiado rasposo en las zonas más sensibles de mi cuerpo– ¿Otra alumna, quizás? –frivolizar sobre aquel tema tan sórdido y preocupante servía para relajarme, sin bajar nunca la guardia, al igual que me tranquilizara la llegada de Krassier a mi castillo– No os considero como cualquier otro hombre, maestro –susurré con mis labios pegados a su barbilla, apreciando la encomiable contención del hombre cuando mi mano concluyera su lascivo itinerario sobre el bulto de sus pantalones. –¿Puedo preguntaros una cosa? –aún careciendo mi pregunta de cualidad retórica no le concedí tiempo de respuesta– ¿Qué hicisteis o pensasteis la otra noche cuando me fui de vuestra casa? Por favor… No escatiméis en detalles –me enfrenté directamente a sus ojos sin alejarme de su cuerpo. Había algo singular en mi mirada. Por una parte era diáfana y fría, glacial como los charcos en las almenas de mi castillo al amanecer, y por otra pareció quebrarse de pronto cuando le dediqué una cálida y generosa sonrisa en espera de su réplica. Tan cálida y generosa como lo era la parte concreta de su anatomía que mis dedos presionaban sobre la franela.
El brujo sentenció que no debía preocuparme, que juntos nos encargaríamos de solucionar aquella contrariedad. Lo hizo con una voz firme que denotaba la más absoluta confianza en la efectividad de sus métodos, así como también una egolatría fruto de la vanidad y la cual insinuaba una vida en solitario colmada de adversidades tales como el enigma de aquella amenaza. Asentí sutilmente con la cabeza, en señal de entendimiento, al escuchar de su boca lo oportuno y ventajoso de la ausencia de mi marido. Supuse que, al igual que su hija, Gabriel se había convertido en un punto débil mientras la amenaza se cerniera sobre nosotros, la Hermandad o únicamente sobre mí misma. El plan que Krassier expuso a continuación me pareció correcto, tal vez así lograra cercar el punto de rastreo exacto empleado por mi sombrío “admirador”. –No quisiera poneros en peligro, a vos ni a cualquier otro miembro de la Hermandad –la sinceridad alteró el tono característico de mis palabras. Había un brillo nuevo e inquietante en mis ojos, como si todavía no estuviera todo dicho. Se instaló entonces un incómodo silencio en la majestuosa estancia llena de halos de luz dorada y de sombras, sosteniendo mutuamente nuestras miradas y preguntándonos sin palabras qué quedaba todavía por averiguar respecto a lo que sentíamos el uno por el otro. La respuesta era; mucho. Tanto como detalles paganos ocultaran los fastuosos cristales de colores que con suma belleza filtraban la luz del sol.
Alcé una ceja tras escuchar su sugerencia de que, en el caso de que no cesaran tales amenazas, podríamos limitar nuestros encuentros a lugares más privados. –¿Más aún que una tumba de San Martín en la madrugada? –resoplé con sarcástica insolencia, retirándole la mirada para centrar mis ojos en un punto indefinido de aquellas crípticas y hermosas vidrieras. Tampoco deseaba que Krassier pudiera apreciar en mi rostro el tedio que me provocaba el dificultar, o en el peor de los casos, espaciar todavía más nuestras citas. No tardé en arrepentirme de aquel gesto tan inapropiado, que mi cruce de brazos fortalecía y que el brujo podría malinterpretar como la actitud pueril de una niña malcriada y caprichosa. Tras un suspiro y un breve cerrar de ojos retomé nuevamente las riendas de mi madurez, recuperando también la caricia de su mirada cuando el brujo insinuara una nueva adquisición para su cripta. Una que al parecer me complacería sobremanera. –¿A qué nuevo añadido os referís, maestro? –correspondí a su afilada sonrisa con una propia e igual de mordaz. Supuse que el brujo se estaba refiriendo a una cama, cuya carencia en aquel subterráneo tanto demandara desde que pusiera mis pies en el por primera vez. En realidad, desde que conociera al peliblanco arrogante, siempre había lamentado el no disponer de un lecho cerca cuando estaba a su lado. Excitada, en todos los sentidos de la palabra, ante la posibilidad de que el hombre atendiera finalmente a mis sugerencias, no pude resistirme a imaginarme aquella larga y dura lección prometida que el orgullo mutuo tanto parecía demorar. –No sé a qué añadido se refiere, pero… Espero que su estructura sea muy firme y no carezca de dosel –inconscientemente había vuelto a unir mi cuerpo al suyo, como una gata que roza y ronronea por naturaleza, deslizando una de mis manos sobre el terciopelo escarlata que cubría su torso.
Con el alquimista de melena albina mis ensoñaciones eran puramente eróticas, tan pintorescas y morbosas como una cama con dosel instalada en una cripta subterránea. Lo eran siempre, a excepción de ciertos desvaríos un tanto absurdos, puntuales, que una parte demasiado afectiva e indiscreta de mi subconsciente parecía empeñada en fantasear. Anoche mismo, cuando Krassier aún no había dado señales de vida, un sentimiento que se parecía en demasía al desasosiego perturbó mis sueños como el picotear de un cuervo sobre el cristal de mi ventana. En aquellos instantes de oscura vigilia, abrazada a Gabriel (por Gabriel) horas antes de su partida, no pude evitar el imaginar que los brazos que me aprisionaban a un torso cálido y protector no eran en realidad los de mi esposo. No tardé en rendirme a Morfeo, inquieta por algún motivo que desconocía o me negaba a conocer, y una experiencia onírica invadió mi mente dormida. En ella me encontraba desnuda y acostada sobre el lecho en la alcoba del brujo, abarcada en todos los sentidos por su cuerpo, mientras éste correspondía con su afilada lengua pero también con inusitada ternura a mis confidencias. Yo obraba del mismo modo con las suyas, entre ráfagas entrecortadas de besos y de caricias. Sucedía por la mañana, un amanecer lluvioso, y aquel estrecho catre no se me antojaba tan incómodo y criticable a fin de cuentas. Al despertarme, desconcertada, me dije a mí misma que tan sólo había sido una pesadilla.
Por un momento, y tras agitar sutilmente la cabeza en un vano intento por deshacerme de aquellas cavilaciones, su mirada se encontró con la mía. Casi por inercia aparté mis ojos azules de inmediato, rehuyéndole, temerosos quizás de que el brujo pudiera alcanzar a leer algo inconveniente o demasiado revelador en ellos. Pero enseguida volví a mirarle, de manera altanera y con una sonrisa libidinosa que pareciera querer justificar el ardiente rubor en mis mejillas. La mano con la que acariciaba su chaleco se había perdido bajo el mismo, sin ser consciente de mi furtiva caricia, pudiendo sentir todavía más intensamente el calor de su cuerpo. Tan sólo el maldito lino de su camisa me separaba ahora de su piel. ¿Tendrá vello en el pecho? ¿Cicatrices con las que guiar mi lengua sobre su torso? Detuve la caricia para aposentar la yema de mi dedo índice sobre uno de sus pezones, sintiendo a su vez el rítmico y poderoso latido de su corazón. –¿No habéis contemplado la posibilidad de que una de vuestras amantes, celosa de mi presencia, decidiera enviarme ese mensaje? –mi caricia descendió sinuosa sobre el tejido caliente, deteniéndose a la altura de su ombligo, mientras mi boca entreabierta y de cálido aliento rozaba aquel mentón suyo que prometía ser demasiado rasposo en las zonas más sensibles de mi cuerpo– ¿Otra alumna, quizás? –frivolizar sobre aquel tema tan sórdido y preocupante servía para relajarme, sin bajar nunca la guardia, al igual que me tranquilizara la llegada de Krassier a mi castillo– No os considero como cualquier otro hombre, maestro –susurré con mis labios pegados a su barbilla, apreciando la encomiable contención del hombre cuando mi mano concluyera su lascivo itinerario sobre el bulto de sus pantalones. –¿Puedo preguntaros una cosa? –aún careciendo mi pregunta de cualidad retórica no le concedí tiempo de respuesta– ¿Qué hicisteis o pensasteis la otra noche cuando me fui de vuestra casa? Por favor… No escatiméis en detalles –me enfrenté directamente a sus ojos sin alejarme de su cuerpo. Había algo singular en mi mirada. Por una parte era diáfana y fría, glacial como los charcos en las almenas de mi castillo al amanecer, y por otra pareció quebrarse de pronto cuando le dediqué una cálida y generosa sonrisa en espera de su réplica. Tan cálida y generosa como lo era la parte concreta de su anatomía que mis dedos presionaban sobre la franela.

Liana de Cornualles
- Mensajes: 28
Fecha de inscripción: 08/01/2012
Re: Sin previo aviso. [Liana de Cornualles]
La afirmación de la mujer sobre que no quería ponernos en peligro me dejó completamente perplejo e hizo que buscara rápidamente sus ojos. ¿Qué clase de rostro era aquel qué me mostraba? ¿Había acaso preocupación entre nosotros por el otro a pesar de nuestros intrincados juegos de palabras y frialdades mutuas? – El peligro… Es tan solo el principio, para salir victorioso hay que arriesgar y eso siempre resulta estimulante y entretenido. – Afirme con cierta malicia, aquello a los que nos enfrentábamos quizás pudiera ser muy peligroso o no, pero la duda hacía más emocionante todo aquello – Sin embargo, dudo de que el resto de la Hermandad piense de la misma forma que yo, por eso, por mi parte os aseguro de que estoy encantado de poder pasar peligro junto a vos y no tan solo horas muertas de clase en una cripta. - La sonrisa se acentuó más en mi boca cuando ella habló de dosel y firme estructura, pero no dije nada, había acertado de pleno ciertamente, pero me reservaría las palabras para cuando viera con mis propios ojos su reacción al ver mi “regalo”. Dejemos algo claro… No me gusta ser complaciente con nadie, pero esta era una muy extraña excepción y así siempre lo sería, tan solo con ella. Ya había luchado con aquel pensamiento anteriormente y había perdido, al parecer, para mí Liana no era una mujer como cualquier otra y eso me había llevado a pensar que quizás si pudiera de vez en cuando consentirla, pero muy de vez en cuando.
Se acercó. Una vez más aquel vació creado intencionadamente entre nosotros había sido cubierto por su cuerpo, su busto pegado a mi pecho, sus labios sobre mi barbilla y su mano recorriendo de forma sinuosa y lenta el camino desde mi pecho hasta mi entrepierna, donde, con gusto admito, se deposito su mano, haciendo esta una ligera presión que me obligaba a combatir por mantener la tranquilidad en todo mi ser y no ser alterado por aquella fuerza llamada encanto, sensualidad y por supuesto atrevido roce. Mi mirada viajó desde sus ojos hasta una de aquellas vidrieras a las que anteriormente los ojos de la joven habían visitado huyendo de los míos. ¿Acaso sería posible que de forma indirecta mi queridísima aprendiz se estuviera interesando por mis relaciones con otras mujeres usando como pretexto la amenaza recibida? Lo parecía… Tan solo lo parecía. – Dudo mucho que sea una de mis amantes, ya que solo tengo una, a la cual visito muy de vez en cuando y estoy seguro de que tiene más hombres por los que atenderse cuando su entrepierna lo requiere. – Expliqué con tranquilidad sin molestarme en omitir o mentir acerca de mi exclusiva y única amante. Yo no tenía por qué ocultar nada de lo que hacía con otras - ¿Otra alumna? – Pregunté para mi mismo - ¿Acaso creéis vos que pueda haber otra alumna? ¿Otra con vuestro talento y encanto? – Solté una carcajada, apartando con suavidad y cuidado su mano de mi bulto, pero sin soltar sus dedos, estremeciéndome por el suave roce de su piel en contacto con la mía – ¿Os come la curiosidad de ser así? – Sonreí con sinceridad, sin intenciones ni sentidos ocultos – Sois mi aprendiz por vuestra gran capacidad y don para aquellas artes que abarcan la brujería y aprendices para mí solo existe uno. – Y después de aquella respuesta tan sincera por mi parte todo dio un giro brusco ante su otra pregunta.
Esta vez yo huí de ella, evitando su mirada para que no pudiera ver en mis ojos todas aquellas emociones que ahora parecían enturbiarme la vista y me impedían pensar con total claridad acerca de lo que estaba a punto de decir. Dejé que el silencio se alargara entre nosotros y finalmente me dispuse a responder, pero no estaba totalmente seguro de lo que quería decirle. El vacio que su ausencia había creado en mi cuando desapareció era casi comprable con el hecho de imaginarme en perder a mi hija algún día, era tan comparables aquellas sensaciones que volví a sentir un vez más aquella fría y agobiante punzada del vacío en mi estomago, obligándome esta a cerrar los ojos por un momento para luego abrirlos y ya más tranquilo poder contestar a la mujer. – Pensé que… No os volvería a ver. – Una pausa para ordenar las ideas y conectarlas con mi boca y lengua – Que había dejado escapar algo que en la vida hubiera aparecido de nuevo. – Aquellas palabras eran difíciles de decir, pues suponía una fuerte puñalada personal para mi orgullo, el cual nunca me permitía hacer confesiones como aquellas. Esperando que Liana entendiera el silencio que a continuación llegó me permití el lujo de apartarme de ella y dar una vuelta por la sala, contemplando con total interés las vidrieras con motivos ocultos, pues parecían alejarme por completo de lo que acababa de hacer. Durante una fracción de segundo estuve tentado de soltar todas aquellas preguntas que con premura se agolpaban en mi boca… Preguntas relacionadas con nosotros, con ella, conmigo. Preguntas que seguramente tendrían su respuesta más adelante y por eso era vital no apresurarse a formularlas.
Habiendo terminado mi corto paseo me detuve ante una de aquellas vidrieras y en silencio medité acerca de lo que podría decir a continuación, buscando alguna forma de que aquel tema y aquellas palabras quedaran atrás, pero no había respuestas en mi cabeza, no parecía haber método alguno para librarme de aquello y aunque me sentía aliviado por un lado, por otro la curiosidad me corroía despacio. – Pensándolo mejor, creo que no hay motivo de limitar nuestras citas, es más, casi veo necesario poder vernos a diario y así averiguar si nuestro misterioso agresor intenta algo de verdad o tan solo se limita a amenazar y punto. – Aunque yo tampoco quiero ponerte en peligro sin necesidad alguna, pensé mientras buscaba sus ojos una vez más – Pero creo que por el momento ya hemos zanjado en cierta medida este tema, ¿esta noche os viene bien acudir a la cripta? Aparte de la nueva adquisición, también me gustaría mostraros un arte nuevo, aun estoy experimentando con él, pero tengo total interés en que vos lo conozcáis y me deis vuestra opinión al respecto. – Alcé las cejas sonriendo de forma afilada una vez más – Así iremos avanzando un poco más y aquello que os prometí en su día estará cada vez más cerca.
Se acercó. Una vez más aquel vació creado intencionadamente entre nosotros había sido cubierto por su cuerpo, su busto pegado a mi pecho, sus labios sobre mi barbilla y su mano recorriendo de forma sinuosa y lenta el camino desde mi pecho hasta mi entrepierna, donde, con gusto admito, se deposito su mano, haciendo esta una ligera presión que me obligaba a combatir por mantener la tranquilidad en todo mi ser y no ser alterado por aquella fuerza llamada encanto, sensualidad y por supuesto atrevido roce. Mi mirada viajó desde sus ojos hasta una de aquellas vidrieras a las que anteriormente los ojos de la joven habían visitado huyendo de los míos. ¿Acaso sería posible que de forma indirecta mi queridísima aprendiz se estuviera interesando por mis relaciones con otras mujeres usando como pretexto la amenaza recibida? Lo parecía… Tan solo lo parecía. – Dudo mucho que sea una de mis amantes, ya que solo tengo una, a la cual visito muy de vez en cuando y estoy seguro de que tiene más hombres por los que atenderse cuando su entrepierna lo requiere. – Expliqué con tranquilidad sin molestarme en omitir o mentir acerca de mi exclusiva y única amante. Yo no tenía por qué ocultar nada de lo que hacía con otras - ¿Otra alumna? – Pregunté para mi mismo - ¿Acaso creéis vos que pueda haber otra alumna? ¿Otra con vuestro talento y encanto? – Solté una carcajada, apartando con suavidad y cuidado su mano de mi bulto, pero sin soltar sus dedos, estremeciéndome por el suave roce de su piel en contacto con la mía – ¿Os come la curiosidad de ser así? – Sonreí con sinceridad, sin intenciones ni sentidos ocultos – Sois mi aprendiz por vuestra gran capacidad y don para aquellas artes que abarcan la brujería y aprendices para mí solo existe uno. – Y después de aquella respuesta tan sincera por mi parte todo dio un giro brusco ante su otra pregunta.
Esta vez yo huí de ella, evitando su mirada para que no pudiera ver en mis ojos todas aquellas emociones que ahora parecían enturbiarme la vista y me impedían pensar con total claridad acerca de lo que estaba a punto de decir. Dejé que el silencio se alargara entre nosotros y finalmente me dispuse a responder, pero no estaba totalmente seguro de lo que quería decirle. El vacio que su ausencia había creado en mi cuando desapareció era casi comprable con el hecho de imaginarme en perder a mi hija algún día, era tan comparables aquellas sensaciones que volví a sentir un vez más aquella fría y agobiante punzada del vacío en mi estomago, obligándome esta a cerrar los ojos por un momento para luego abrirlos y ya más tranquilo poder contestar a la mujer. – Pensé que… No os volvería a ver. – Una pausa para ordenar las ideas y conectarlas con mi boca y lengua – Que había dejado escapar algo que en la vida hubiera aparecido de nuevo. – Aquellas palabras eran difíciles de decir, pues suponía una fuerte puñalada personal para mi orgullo, el cual nunca me permitía hacer confesiones como aquellas. Esperando que Liana entendiera el silencio que a continuación llegó me permití el lujo de apartarme de ella y dar una vuelta por la sala, contemplando con total interés las vidrieras con motivos ocultos, pues parecían alejarme por completo de lo que acababa de hacer. Durante una fracción de segundo estuve tentado de soltar todas aquellas preguntas que con premura se agolpaban en mi boca… Preguntas relacionadas con nosotros, con ella, conmigo. Preguntas que seguramente tendrían su respuesta más adelante y por eso era vital no apresurarse a formularlas.
Habiendo terminado mi corto paseo me detuve ante una de aquellas vidrieras y en silencio medité acerca de lo que podría decir a continuación, buscando alguna forma de que aquel tema y aquellas palabras quedaran atrás, pero no había respuestas en mi cabeza, no parecía haber método alguno para librarme de aquello y aunque me sentía aliviado por un lado, por otro la curiosidad me corroía despacio. – Pensándolo mejor, creo que no hay motivo de limitar nuestras citas, es más, casi veo necesario poder vernos a diario y así averiguar si nuestro misterioso agresor intenta algo de verdad o tan solo se limita a amenazar y punto. – Aunque yo tampoco quiero ponerte en peligro sin necesidad alguna, pensé mientras buscaba sus ojos una vez más – Pero creo que por el momento ya hemos zanjado en cierta medida este tema, ¿esta noche os viene bien acudir a la cripta? Aparte de la nueva adquisición, también me gustaría mostraros un arte nuevo, aun estoy experimentando con él, pero tengo total interés en que vos lo conozcáis y me deis vuestra opinión al respecto. – Alcé las cejas sonriendo de forma afilada una vez más – Así iremos avanzando un poco más y aquello que os prometí en su día estará cada vez más cerca.

Krassier Khorven Crow
- Mensajes: 31
Fecha de inscripción: 03/01/2012
Re: Sin previo aviso. [Liana de Cornualles]
–No –respondí con vanidosa sinceridad aún pareciéndome retórica su pregunta acerca de si pudiera existir otra alumna con mis mismos encantos y talento–, pero mi abuela siempre decía que los hombres aprecian la variedad de tragos por encima de la fidelidad al más excelso y único licor –sonreí al escuchar su sonora carcajada, tan varonil como auguradora de interesantes sonidos en ciertas actividades de alcoba, tratando de enmascarar mi desazón por su arrogante gesto de retirar mi mano de su entrepierna. Aquella actitud suya no hacía más que demorar la conversión en realidad de mis ensoñaciones eróticas, en las cuales el brujo de melena blanca se mostraba mucho más accesible y permisivo. Retrocedí un paso, no físico, pero sí de aquella imaginaria línea que separaba el juego de seducción del verdadero vínculo que tanto anhelábamos. Su mano no dejó de acariciarme los dedos, con menos lascivia en el tacto que la empleada por mí al tantear el tamaño y forma de su miembro oculto (y reservado) bajo la cálida franela. –Aunque no era mi intención volver a rebajaros al nivel del resto de los hombres, Krassier –fruncí los labios y negué sutilmente con la cabeza a modo de sarcástica disculpa. El donaire en nuestro diálogo sucumbió a un incómodo silencio, consecuencia de mi indiscreta curiosidad sobre su reacción posterior a mi escamoteo de aquella noche.
La mirada del hombre abandonó mis ojos de igual forma que hacía unos instantes la mía evitara los suyos, como si ambos fuéramos conscientes de nuestra aguda perspicacia y mutuamente receláramos de ella. Le concedí el tiempo que fuera preciso a encontrar la palabras necesarias, vaciando mi rostro de toda expresión con el fin de facilitarle la labor. Su vacilación a la hora de responderme no me pareció fruto de la duda, ni sus titubeantes palabras de la timidez, sino del orgullo nato e irracional en un lobo solitario. Podía llegar a imaginarme lo arduo de aquella confidencia tan sincera como entrecortada en su manifiesto. Su respuesta agitó algo yacente en mi interior, secreto y profundo, y abrí la boca con el propósito de interrumpirle con un concluyente “basta”. De mi garganta no llegó a emerger tal palabra, pues en el fondo me complacía presenciar tan encarnizado combate entre el ego de Krassier y sus sentimientos. La suficiencia del hombre contra sus emociones. El brujo pareció convertirse en un espejo que reflejaba mi fuero interno. Entendía su desconcierto, aquella saturación momentánea, en el caso de suponer hallarme ante su misma circunstancia. No resultaba sencillo para alguien como nosotros responder a la pregunta que le había formulado. –No es necesario que sigáis, maestro sin palabras. Como vuestra alumna más aventajada entiendo perfectamente lo que tratáis de expresarme –sonreí levemente para aligerar su tormento. Me apreté un poco más contra su cuerpo hasta que él me obligara a retroceder con un suave movimiento, como si me reprendiera en silencio. Ahora se mostraba esquivo e inquieto como un gato encerrado que no lograra encontrar la salida, deambulando sin rumbo ni propósito a través de los halos de luz que fragmentaban la penumbra del salón. Hice ademán de seguirle con el propósito de volver a acariciarle, pero temiendo que me rehuyera o, en el peor de los casos, que me abrazara, decidí permanecer inmóvil.
Krassier detuvo su caminar justo frente a una de las vidrieras, cuyos cristales bañaron el rostro meditativo del hombre con su mágico cromatismo. Rompí la distancia que nos separaba tras siete pasos cautelosos. Volvía a estar muy cerca de él, pero en esta ocasión nuestros cuerpos no llegaron a tocarse. Sus enigmáticos ojos, que permanecían grises o quizá azules a pesar de la media luz que convertía la mañana en atardecer, no miraron a los míos cuando me confesó su deseo por no limitar nuestros encuentros clandestinos. Aquellos que se habían tornado peligrosos y de los que ya no sólo la luna y su cuervo negro eran conocedores. –También yo veo necesario el poder verle a diario, maestro –repetí su sentencia con una voz neutra, rumorosa y sincera como la confidencia de una amante, la cual me resistí a acompañar de una caricia. A diferencia de él yo no apostillé la frase con ningún pretexto como el de poder así averiguar las limitaciones, o la ominosa carencia de tales, en los oscuros propósitos de mi acosador. El brujo recuperó entonces su gesto reflexivo, que bajo aquella luz le confería la apariencia de un hombre místico, y al cabo de unos segundos volvió a penetrarme con su mirada. El deseo creció en mi interior cuando alzó las cejas y me dedicó una sonrisa tan afilada como la daga que seguramente mantenía oculta en alguna parte de su cuerpo, después de zanjar el tema e invitarme abiertamente a un nuevo encuentro en la cripta. Mencionó otra la vez la nueva adquisición, con sábanas y dosel, así como un “arte experimental” (cabía la posibilidad de un doble sentido) que deseaba mostrarme con el fin de progresar hacia su lección prometida.
–¿Aún creéis en la relevancia de vuestra promesa? –mi voz era cálido terciopelo; rojo si las palabras pudieran matizarse de color, y en mi boca se perfiló una cautivadora sonrisa. Los ojos se rasgaron bajo mis cejas en una mirada elocuente que decía: Controlad vuestra arrogancia, brujo–. Supongamos que la promesa en realidad me pertenece. Que fui yo la que se comprometió a aceptar su larga y dura lección –descendí un instante la mirada al sur de su cintura, sin tratar de opacar el brillo lascivo en mis pupilas–, aquella que en el fondo desea inculcarme–. Tras ladear mi cuerpo me apoye en uno de los pétreos salientes bajo las vidrieras, ensombreciéndose mi rostro a causa del contraluz. –Le recomiendo prudencia, Krassier. Mi orgullo es en realidad más poderoso que mi deseo –dichas palabras lo demostraban–, y no dudaré en faltar a mi promesa o, como vos cree, derogar la suya –el brujo sostuvo impasible mi mirada, sin difuminar la sonrisa de sus labios–. De llegar a creerlo conveniente, por supuesto. -cerré los ojos un instante, como imaginando la escena erótica que era centro de nuestro diálogo y que empezaba a resultarme quimérica. Luego esbocé una nueva sonrisa, una extraña y cruel sonrisa de satisfacción. –Antes mencionó una segunda entrada a la cripta. En el callejón colindante al templo y tras una vieja puerta de madera –consideraba irónica y redundante la búsqueda de clandestinidad en nuestro suficientemente recóndito lugar de encuentro–. Sé a qué punto exacto se refiere. Lo prefiero a tener que pasear sola por el cementerio –con una digna firmeza en la inflexión de mi voz procuré camuflarle al brujo mi vulnerabilidad–. Estaré allí sobre la medianoche, como siempre. Procure llegar antes. No me gustaría tener que esperarle a solas en aquella cripta –no le temía a los muertos, ni a los relatos acerca de los fantasmas de San Martín que los supersticiosos lugareños murmuraban de noche frente al calor de la lumbre en las posadas, sino a las entidades vivas que al parecer tanto importunaba con mi comportamiento.
Esperé a que el alquimista hubiera asentido con la cabeza para retirarme de aquel muro que con suma inclemencia enfriara mis nalgas, acercándome de nuevo a su posición como una niña atraída por un caramelo. Me alcé ligeramente de puntillas con el propósito de posar mis labios sobre aquel rastro de herida que fragmentaba su ceja. El ademán me obligó a reposar las manos en sus hombros, procurando no deslizarlas en una caricia. Al separarme mantuve su mirada durante un instante, o una eternidad, y la sonrisa de mi boca se acentuó con un matiz inusitado de ternura. –Mi doncella le acompañará a la salida, Krassier. Ordenaré que lo haga a través del jardín o del patio de armas –la afección de mi sonrisa, casi inocente, fue también efímera, substituyéndola por la mucho más convencional malicia que acostumbraba a presidir la mayoría de mis registros–. Confío en la indiscreción de mis hombres para que informen debidamente a su Señor de la visita de un hombre atractivo durante su ausencia–. Mis pasos resonaron al abandonar el salón, con el eco característico en los lugares de nobleza. Suspiré profundamente tras cerrar la doble puerta a mis espaldas y apoyarme en ella, despojado mi rostro de la máscara de frivolidad y de contención que ante el brujo prefería exhibir. –¿Qué está mirando? –pregunté con severidad al encontrarme con la escrutadora mirada de una de mis doncellas, la cual contemplaba mi gesto con insolentes incredulidad y desconcierto. Quizás mi paranoia ante la posibilidad de que los demás pudieran advertir tan absurdo enamoramiento, perecedero como un capricho, justificara la furia encerrada en mi tono de voz. –Acompañe al señor boticario a la salida, por la puerta principal. Y dígale de mi parte que ha sido un placer disfrutar de su tacto así como de su abultada cortesía –sonreí sin mirar directamente a la sirvienta–. Con esas mismas palabras, querida Agnes ¿Podrá hacerlo o prefiere que se lo escriba? –el gesto inconfundible del acatamiento de ordenes se instaló en aquel rostro que asintió con la mirada, pero una media sonrisa curvó ligeramente los labios de mi criada, perspicaz y lasciva. Al parecer la muchacha no era tan estúpida como aparentaba.
La mirada del hombre abandonó mis ojos de igual forma que hacía unos instantes la mía evitara los suyos, como si ambos fuéramos conscientes de nuestra aguda perspicacia y mutuamente receláramos de ella. Le concedí el tiempo que fuera preciso a encontrar la palabras necesarias, vaciando mi rostro de toda expresión con el fin de facilitarle la labor. Su vacilación a la hora de responderme no me pareció fruto de la duda, ni sus titubeantes palabras de la timidez, sino del orgullo nato e irracional en un lobo solitario. Podía llegar a imaginarme lo arduo de aquella confidencia tan sincera como entrecortada en su manifiesto. Su respuesta agitó algo yacente en mi interior, secreto y profundo, y abrí la boca con el propósito de interrumpirle con un concluyente “basta”. De mi garganta no llegó a emerger tal palabra, pues en el fondo me complacía presenciar tan encarnizado combate entre el ego de Krassier y sus sentimientos. La suficiencia del hombre contra sus emociones. El brujo pareció convertirse en un espejo que reflejaba mi fuero interno. Entendía su desconcierto, aquella saturación momentánea, en el caso de suponer hallarme ante su misma circunstancia. No resultaba sencillo para alguien como nosotros responder a la pregunta que le había formulado. –No es necesario que sigáis, maestro sin palabras. Como vuestra alumna más aventajada entiendo perfectamente lo que tratáis de expresarme –sonreí levemente para aligerar su tormento. Me apreté un poco más contra su cuerpo hasta que él me obligara a retroceder con un suave movimiento, como si me reprendiera en silencio. Ahora se mostraba esquivo e inquieto como un gato encerrado que no lograra encontrar la salida, deambulando sin rumbo ni propósito a través de los halos de luz que fragmentaban la penumbra del salón. Hice ademán de seguirle con el propósito de volver a acariciarle, pero temiendo que me rehuyera o, en el peor de los casos, que me abrazara, decidí permanecer inmóvil.
Krassier detuvo su caminar justo frente a una de las vidrieras, cuyos cristales bañaron el rostro meditativo del hombre con su mágico cromatismo. Rompí la distancia que nos separaba tras siete pasos cautelosos. Volvía a estar muy cerca de él, pero en esta ocasión nuestros cuerpos no llegaron a tocarse. Sus enigmáticos ojos, que permanecían grises o quizá azules a pesar de la media luz que convertía la mañana en atardecer, no miraron a los míos cuando me confesó su deseo por no limitar nuestros encuentros clandestinos. Aquellos que se habían tornado peligrosos y de los que ya no sólo la luna y su cuervo negro eran conocedores. –También yo veo necesario el poder verle a diario, maestro –repetí su sentencia con una voz neutra, rumorosa y sincera como la confidencia de una amante, la cual me resistí a acompañar de una caricia. A diferencia de él yo no apostillé la frase con ningún pretexto como el de poder así averiguar las limitaciones, o la ominosa carencia de tales, en los oscuros propósitos de mi acosador. El brujo recuperó entonces su gesto reflexivo, que bajo aquella luz le confería la apariencia de un hombre místico, y al cabo de unos segundos volvió a penetrarme con su mirada. El deseo creció en mi interior cuando alzó las cejas y me dedicó una sonrisa tan afilada como la daga que seguramente mantenía oculta en alguna parte de su cuerpo, después de zanjar el tema e invitarme abiertamente a un nuevo encuentro en la cripta. Mencionó otra la vez la nueva adquisición, con sábanas y dosel, así como un “arte experimental” (cabía la posibilidad de un doble sentido) que deseaba mostrarme con el fin de progresar hacia su lección prometida.
–¿Aún creéis en la relevancia de vuestra promesa? –mi voz era cálido terciopelo; rojo si las palabras pudieran matizarse de color, y en mi boca se perfiló una cautivadora sonrisa. Los ojos se rasgaron bajo mis cejas en una mirada elocuente que decía: Controlad vuestra arrogancia, brujo–. Supongamos que la promesa en realidad me pertenece. Que fui yo la que se comprometió a aceptar su larga y dura lección –descendí un instante la mirada al sur de su cintura, sin tratar de opacar el brillo lascivo en mis pupilas–, aquella que en el fondo desea inculcarme–. Tras ladear mi cuerpo me apoye en uno de los pétreos salientes bajo las vidrieras, ensombreciéndose mi rostro a causa del contraluz. –Le recomiendo prudencia, Krassier. Mi orgullo es en realidad más poderoso que mi deseo –dichas palabras lo demostraban–, y no dudaré en faltar a mi promesa o, como vos cree, derogar la suya –el brujo sostuvo impasible mi mirada, sin difuminar la sonrisa de sus labios–. De llegar a creerlo conveniente, por supuesto. -cerré los ojos un instante, como imaginando la escena erótica que era centro de nuestro diálogo y que empezaba a resultarme quimérica. Luego esbocé una nueva sonrisa, una extraña y cruel sonrisa de satisfacción. –Antes mencionó una segunda entrada a la cripta. En el callejón colindante al templo y tras una vieja puerta de madera –consideraba irónica y redundante la búsqueda de clandestinidad en nuestro suficientemente recóndito lugar de encuentro–. Sé a qué punto exacto se refiere. Lo prefiero a tener que pasear sola por el cementerio –con una digna firmeza en la inflexión de mi voz procuré camuflarle al brujo mi vulnerabilidad–. Estaré allí sobre la medianoche, como siempre. Procure llegar antes. No me gustaría tener que esperarle a solas en aquella cripta –no le temía a los muertos, ni a los relatos acerca de los fantasmas de San Martín que los supersticiosos lugareños murmuraban de noche frente al calor de la lumbre en las posadas, sino a las entidades vivas que al parecer tanto importunaba con mi comportamiento.
Esperé a que el alquimista hubiera asentido con la cabeza para retirarme de aquel muro que con suma inclemencia enfriara mis nalgas, acercándome de nuevo a su posición como una niña atraída por un caramelo. Me alcé ligeramente de puntillas con el propósito de posar mis labios sobre aquel rastro de herida que fragmentaba su ceja. El ademán me obligó a reposar las manos en sus hombros, procurando no deslizarlas en una caricia. Al separarme mantuve su mirada durante un instante, o una eternidad, y la sonrisa de mi boca se acentuó con un matiz inusitado de ternura. –Mi doncella le acompañará a la salida, Krassier. Ordenaré que lo haga a través del jardín o del patio de armas –la afección de mi sonrisa, casi inocente, fue también efímera, substituyéndola por la mucho más convencional malicia que acostumbraba a presidir la mayoría de mis registros–. Confío en la indiscreción de mis hombres para que informen debidamente a su Señor de la visita de un hombre atractivo durante su ausencia–. Mis pasos resonaron al abandonar el salón, con el eco característico en los lugares de nobleza. Suspiré profundamente tras cerrar la doble puerta a mis espaldas y apoyarme en ella, despojado mi rostro de la máscara de frivolidad y de contención que ante el brujo prefería exhibir. –¿Qué está mirando? –pregunté con severidad al encontrarme con la escrutadora mirada de una de mis doncellas, la cual contemplaba mi gesto con insolentes incredulidad y desconcierto. Quizás mi paranoia ante la posibilidad de que los demás pudieran advertir tan absurdo enamoramiento, perecedero como un capricho, justificara la furia encerrada en mi tono de voz. –Acompañe al señor boticario a la salida, por la puerta principal. Y dígale de mi parte que ha sido un placer disfrutar de su tacto así como de su abultada cortesía –sonreí sin mirar directamente a la sirvienta–. Con esas mismas palabras, querida Agnes ¿Podrá hacerlo o prefiere que se lo escriba? –el gesto inconfundible del acatamiento de ordenes se instaló en aquel rostro que asintió con la mirada, pero una media sonrisa curvó ligeramente los labios de mi criada, perspicaz y lasciva. Al parecer la muchacha no era tan estúpida como aparentaba.
TEMA CERRADO

Liana de Cornualles
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Fecha de inscripción: 08/01/2012
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